domingo, 22 de junio de 2014

El juego en que andamos

Si me dieran a elegir, yo eligiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar muy infelices.
Si me dieran a elegir, yo eligiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo eligiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

Juan Gelman


martes, 25 de febrero de 2014

At the End, the end


Por un momento imagínate que estás en tu casa al frente del televisor y de repente una película termina aparecen los créditos, o apagas el televisor, o cambias de canal. Cuando algo termina, no pasa nada. Es sólo el final. Nada más, nada menos. ¿Un nuevo comienzo? ¿Quién sabe? Al final, no hay más que la pantalla en negro, unas letras en blanco que te nombran el reparto, lentamente se encienden las luces de la sala, la gente se empieza a levantar y se va. Unos opinan de la película, otros piensan que van a hacer luego, otros no hablan sólo se van. Así son los finales en la vida, como cuando termina una película en el cine. 

viernes, 10 de enero de 2014

A los queridos lectores



Hoy me topé con un caso singular. En realidad no fue hoy, fecha de publicación, pero juguemos con la imaginación así parezca un post más espontaneo que un refrito de ideas encajonadas. La cuestión es que siempre se dice que los “escritores” quieren ser leídos. Yo no me considero un escritor, ni por mi blog ni por lo que alguno sepa que hago en mi tiempo libre. Es más he debatido hasta el hartazgo con cuanta persona allegada a la literatura me crucé tratando de definir en qué momento uno puede decir que es escritor. No sé cuando es ese momento. Lo que sí sé es que antes de escribir hay que leer. Y de lectores puedo hablar, porque sé que hay diferentes tipos de lectores.

Se puede empezar nombrando a esos que entienden de lo que habla el escritor sin irse muy lejos de lo que pretende. Esos lectores avivados y ansiosos. Son tipos con una visión crítica aguda. Tienen una etiqueta burguesita de críticos de arte, y la llevan porque consumen literatura. Según ellos, tienen la experiencia del lector, el juicio crítico realzado y sobre todas las cosas un “gusto” por la literatura formado. Buscan el fin estético del lenguaje en su expresión como arte, y aunque hablen de estética y arte les cuesta horrores sentir lo que se dice. Lamentablemente muchos de estos sujetos no pueden escaparse de los clásicos. Tienen tanto peso en experiencias que no saben dónde buscar nuevas sensaciones. Es por eso que tienen un lógico desdén por lo nuevo, o lo producido por un autor amateur poco conocido o en algunos casos los llaman menores. Sin embargo los aprecio mucho, por su juicio crítico de lupa y escritorio.

En otra rama, están los lectores menos agraciados. Esos que tienen poca experiencia leyendo cosas, esos que navegan en aguas poco profundas en cuanto a literatura o simplemente la miran desde la costa con un miedo terrible a ahogarse; mojan las patitas primero en un lado, luego en otro. Nunca se zambullen. Más de medio cuerpo en aguas literarias significa un naufragio, muerte segura, ahogo, y abandono del título. Es muy probable que estos lectores no encuentren ni una o dos de las intertextualidades que menciona el autor, y no tengan la más remota idea de imágenes, metáforas o símbolos. Para ellos el leer es tan solo viajar a mundos nuevos y vivir experiencias a través del lenguaje. Este tipo de lectores tilda a los títulos por si les gustaron o no, por las sensaciones que les dejan. Tienen que sentir todo lo que sucede como el sol veraniego, ya que estamos en temporada, en la piel. Tiene que picar, arder, quemar, dejar una marca colorada, permitir el cambio de piel, sufrir cuando se los toca, y disfrutar del bronceado, todo junto. Es imposible no apreciar a estos lectores, ellos sienten los que pocos sin necesidad de irse a lo frío y racional.

Y por último, el lector que todos queremos ser. Ese que es una mezcla de los dos. Poder vivir de la literatura sin tener que estar siempre atentos al pensamiento, la estética, los símbolos, las imágenes, o las metáforas. Sin llevar pesados bolsos con burguesías que sólo leen lo que les dice el folletín que lean o les sugieren las bibliotecarias o en las librerías. ¡No señores! No permitamos ser eso. Pero tampoco seamos aquel que vive temeroso de aguas, que no quiere mojarse la cara, las manos, los pies y el alma con un poema de Pizarnik o que teme leer un cuento de Fontanarosa porque en la literatura no se habla de fútbol. ¡Pura mierda señores! En la literatura se habla, se escucha, se toca, nos tocan y nos tocamos. En literatura se danza y se piensa que se danza, se muere y se vuelve a vivir, hay amores y desamores, risas y lágrimas, golpes bajos y caricias de flor. Está todo junto en el mismo paquete. En fin, la vida misma. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

Un bache cualquiera



Esta es la historia de un bache de la calle 25 de Mayo de una ciudad cualquiera en un país cualquiera en donde cualquier lugar tiene su calle 25 de Mayo. Este bache estaba en su lugar de origen impidiendo  el buen transitar todas las mañanas en horario pico. Le encantaban las tardes de lluvia en donde se sentía divertido y alegre al ver pasar las jovencitas en sus uniformes impecables y al menor descuido, si previo aviso, salpicarlas con barro. Reía a carcajadas con su juego. Todos los días de su vida se divertía molestando a las personas hasta que los encargados del mantenimiento de las calles decidieron ponerle fin al asunto. Lo taparon con una gruesa capa de arena y luego el espeso alquitrán. Así, el transito funcionaba con normalidad y las jovencitas no volverían a ser mojadas; y la calle 25 de Mayo de una ciudad cualquiera en un país cualquiera en donde cualquier lugar tiene su calle 25 de Mayo, pasó a ser una calle cualquiera, sin un bache cualquiera. 

martes, 15 de octubre de 2013

A veces

A veces me pregunto quién me acompaña, quien está conmigo en este manicomio, con quien comparto la sala de estar, los pasillos y el patio de juegos. A veces creo que lo único que nos diferencia son nuestras ropas. Con o sin bata blanca, con camisa de fuerza o sin ella, de traje y corbata o con mameluco. Son formas que utilizan para decirnos de cual lado de la reja estamos. Adentro o afuera. No quiero estar adentro, pero le temo a la libertada domesticada de los que están afuera. Sin embargo, a veces me pregunto “¿qué se siente no estar solo?” ¡Ojo! Tampoco quiero estar acompañado, para sentirme solo entre todos. No quiero ser ni abeja, ni hormiga, ni mono, quiero ser un hombre que está al lado de hombres. A veces, no sé, me da por preguntarme. A veces no quiero la respuesta. A veces miro para ver quién me acompaña, quien está conmigo en este manicomio. A veces cierro los ojos, porque no soporto ver tanta soledad entre tantos cuerpos. A veces, sólo a veces.       

  

viernes, 30 de agosto de 2013

Musa Rea

No tengo el berretín de ser un bardo,
chamuyador letrao, ni de spamento.
Yo escribo humildemente lo que siento
y pa' escribir mejor, ¡lo hago en lunfardo!...

Yo no le canto al perfumado nardo
ni al constelao azul del firmamento.
Yo busco en el suburbio sentimiento...
¡Pa' cantarle a una flor... le canto al cardo!...

Y porque embroco la emoción que emana
del suburbio tristón, de la bacana,
del tango candombero y cadencioso,

surge a torrentes mi mistonga musa:
¡es que yo tengo un alma rantifusa
bajo esta pinta de bacán lustroso!


¡Sublime! 

viernes, 19 de julio de 2013

Fragmentos



Una noche se despertó con hambre de literatura. Nunca esperó que ese deseo incontrolable, únicamente comparable con la necesidad que tiene un ahogado de oxigeno o una manta para un esquimal,  le robara la vida. Comenzó por una novelita corta de Kafka y luego siguió con otros escritores argentinos y entre mezclando relatos, cuentos, novelas, poesía y nuevamente relatos, o algún cuento, novela o poesía. No lograba detenerse. Recorría una y otra vez las ruinas circulares que Borges describía tan hábilmente. Buscaba con más hambre que nunca las vidas imaginarias, como las de Schwob, descriptas por un temeroso corazón delator recorriendo caminos salvajes como si siguiese los consejos de un beatnic. Vivió entrecruzando realidades como le habría ocurrido al idiota del sonido y la furia, viajando entre Hemingway y Cortázar o tal vez algún post moderno de la época que aun no lograba comprender con claridad; aunque, lo lograría muchos años después, como es mencionado repetidamente durante los entrañables años de soledad durante el viaje al centro de la tierra para encontrar la semilla. Aquella semilla que no era otra cosa más que un incendio indecoroso de historias ajenas y saberes y preguntas y respuestas y sensaciones y sentimientos y generaciones sucumbiendo en locuras. En un pingpong de realidades, de cristales fragmentados de fotografías veladas y noches blancas o de insomnio, lo mismo daba. Todo formaba parte de la misma mezcla bizarra, de esa cocatriz, que le pedía por favor  que apretase el gatillo para fusilar al mundo, para enajenar los retorcidos seres que ya no serian ahuyentados por espantapájaros visionarios, o por cruzados como Ivanhoe o un tal Quijote. Todo fue sucediendo, hasta el punto de no poder ver nada o mejor dicho todo, a través de los ojos de la literatura. Ciego de un mundo y clarividente en verdades que no merecían ser contadas; aunque hay cosas que deben ser contadas de este modo, con fragmentos, estando activo en la lucidez propicia aportada por la inactividad al quedarse dormido y dejando caer el último libro que leería sin saber su final: una novelita corta de Kafka.