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domingo, 22 de junio de 2014

El juego en que andamos

Si me dieran a elegir, yo eligiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar muy infelices.
Si me dieran a elegir, yo eligiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo eligiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

Juan Gelman


viernes, 10 de enero de 2014

A los queridos lectores



Hoy me topé con un caso singular. En realidad no fue hoy, fecha de publicación, pero juguemos con la imaginación así parezca un post más espontaneo que un refrito de ideas encajonadas. La cuestión es que siempre se dice que los “escritores” quieren ser leídos. Yo no me considero un escritor, ni por mi blog ni por lo que alguno sepa que hago en mi tiempo libre. Es más he debatido hasta el hartazgo con cuanta persona allegada a la literatura me crucé tratando de definir en qué momento uno puede decir que es escritor. No sé cuando es ese momento. Lo que sí sé es que antes de escribir hay que leer. Y de lectores puedo hablar, porque sé que hay diferentes tipos de lectores.

Se puede empezar nombrando a esos que entienden de lo que habla el escritor sin irse muy lejos de lo que pretende. Esos lectores avivados y ansiosos. Son tipos con una visión crítica aguda. Tienen una etiqueta burguesita de críticos de arte, y la llevan porque consumen literatura. Según ellos, tienen la experiencia del lector, el juicio crítico realzado y sobre todas las cosas un “gusto” por la literatura formado. Buscan el fin estético del lenguaje en su expresión como arte, y aunque hablen de estética y arte les cuesta horrores sentir lo que se dice. Lamentablemente muchos de estos sujetos no pueden escaparse de los clásicos. Tienen tanto peso en experiencias que no saben dónde buscar nuevas sensaciones. Es por eso que tienen un lógico desdén por lo nuevo, o lo producido por un autor amateur poco conocido o en algunos casos los llaman menores. Sin embargo los aprecio mucho, por su juicio crítico de lupa y escritorio.

En otra rama, están los lectores menos agraciados. Esos que tienen poca experiencia leyendo cosas, esos que navegan en aguas poco profundas en cuanto a literatura o simplemente la miran desde la costa con un miedo terrible a ahogarse; mojan las patitas primero en un lado, luego en otro. Nunca se zambullen. Más de medio cuerpo en aguas literarias significa un naufragio, muerte segura, ahogo, y abandono del título. Es muy probable que estos lectores no encuentren ni una o dos de las intertextualidades que menciona el autor, y no tengan la más remota idea de imágenes, metáforas o símbolos. Para ellos el leer es tan solo viajar a mundos nuevos y vivir experiencias a través del lenguaje. Este tipo de lectores tilda a los títulos por si les gustaron o no, por las sensaciones que les dejan. Tienen que sentir todo lo que sucede como el sol veraniego, ya que estamos en temporada, en la piel. Tiene que picar, arder, quemar, dejar una marca colorada, permitir el cambio de piel, sufrir cuando se los toca, y disfrutar del bronceado, todo junto. Es imposible no apreciar a estos lectores, ellos sienten los que pocos sin necesidad de irse a lo frío y racional.

Y por último, el lector que todos queremos ser. Ese que es una mezcla de los dos. Poder vivir de la literatura sin tener que estar siempre atentos al pensamiento, la estética, los símbolos, las imágenes, o las metáforas. Sin llevar pesados bolsos con burguesías que sólo leen lo que les dice el folletín que lean o les sugieren las bibliotecarias o en las librerías. ¡No señores! No permitamos ser eso. Pero tampoco seamos aquel que vive temeroso de aguas, que no quiere mojarse la cara, las manos, los pies y el alma con un poema de Pizarnik o que teme leer un cuento de Fontanarosa porque en la literatura no se habla de fútbol. ¡Pura mierda señores! En la literatura se habla, se escucha, se toca, nos tocan y nos tocamos. En literatura se danza y se piensa que se danza, se muere y se vuelve a vivir, hay amores y desamores, risas y lágrimas, golpes bajos y caricias de flor. Está todo junto en el mismo paquete. En fin, la vida misma. 

viernes, 30 de agosto de 2013

Musa Rea

No tengo el berretín de ser un bardo,
chamuyador letrao, ni de spamento.
Yo escribo humildemente lo que siento
y pa' escribir mejor, ¡lo hago en lunfardo!...

Yo no le canto al perfumado nardo
ni al constelao azul del firmamento.
Yo busco en el suburbio sentimiento...
¡Pa' cantarle a una flor... le canto al cardo!...

Y porque embroco la emoción que emana
del suburbio tristón, de la bacana,
del tango candombero y cadencioso,

surge a torrentes mi mistonga musa:
¡es que yo tengo un alma rantifusa
bajo esta pinta de bacán lustroso!


¡Sublime! 

martes, 9 de julio de 2013

Me gusta cuando estudias


“Hay algo en el extravío de tu mirada de intelectual ansiosa que me atrae, como la heladera animal del mercadito san Lorenzo, mientras lees un libro de Horacio Gonzales con interés manifiesto en ese lapicito que cada tanto “tic” subraya una palabra o encierra un párrafo con una llave y distraídamente se desplaza del papel hacia tu cuerpo. Primero desenreda un mechón de pelo, después  como si quisieras grabar un tatuaje que dijera, eso espero, te quiero, se dirige hacia tu pecho y se entretiene en una caricia inconsciente hasta que el intérprete argentino de Sartre se queda imprevistamente solo. El presidente que solía escucharlo firma ahora mismo un tratado de paz con Joaquín Morales Sola y tu lápiz dibuja en medio de tus tetas un corazón que en su centro tiene mi nombre.” 
Martin Prieto – Me gusta cuando estudias (fragmento).

martes, 28 de agosto de 2012

Comunión plenaria

Comunión plenaria. Oliverio Girondo 

Los nervios se me adhieren
al barro, a las paredes,
abrazan los ramajes,
penetran en la tierra,
se esparcen por el aire,
hasta alcanzar el cielo.

El mármol, los caballos
tienen mis propias venas.
Cualquier dolor lastima
mi carne, mi esqueleto.
¡Las veces que me he muerto
al ver matar un toro!...

Si diviso una nube
debo emprender el vuelo.
Si una mujer se acuesta
yo me acuesto con ella.
Cuántas veces me he dicho:
¿Seré yo esa piedra?

Nunca sigo un cadáver
sin quedarme a su lado.
Cuando ponen un huevo,
yo también cacareo.
Basta que alguien me piense
para ser un recuerdo.

viernes, 22 de junio de 2012

La luna con gatillo



Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
 
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
 
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
 
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
 
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
 
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
 
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
 
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
 
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
 
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
 
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
 
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
 
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
 
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
 
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
 
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.
 
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
 
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
 
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Raúl González Tuñón