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viernes, 10 de enero de 2014

A los queridos lectores



Hoy me topé con un caso singular. En realidad no fue hoy, fecha de publicación, pero juguemos con la imaginación así parezca un post más espontaneo que un refrito de ideas encajonadas. La cuestión es que siempre se dice que los “escritores” quieren ser leídos. Yo no me considero un escritor, ni por mi blog ni por lo que alguno sepa que hago en mi tiempo libre. Es más he debatido hasta el hartazgo con cuanta persona allegada a la literatura me crucé tratando de definir en qué momento uno puede decir que es escritor. No sé cuando es ese momento. Lo que sí sé es que antes de escribir hay que leer. Y de lectores puedo hablar, porque sé que hay diferentes tipos de lectores.

Se puede empezar nombrando a esos que entienden de lo que habla el escritor sin irse muy lejos de lo que pretende. Esos lectores avivados y ansiosos. Son tipos con una visión crítica aguda. Tienen una etiqueta burguesita de críticos de arte, y la llevan porque consumen literatura. Según ellos, tienen la experiencia del lector, el juicio crítico realzado y sobre todas las cosas un “gusto” por la literatura formado. Buscan el fin estético del lenguaje en su expresión como arte, y aunque hablen de estética y arte les cuesta horrores sentir lo que se dice. Lamentablemente muchos de estos sujetos no pueden escaparse de los clásicos. Tienen tanto peso en experiencias que no saben dónde buscar nuevas sensaciones. Es por eso que tienen un lógico desdén por lo nuevo, o lo producido por un autor amateur poco conocido o en algunos casos los llaman menores. Sin embargo los aprecio mucho, por su juicio crítico de lupa y escritorio.

En otra rama, están los lectores menos agraciados. Esos que tienen poca experiencia leyendo cosas, esos que navegan en aguas poco profundas en cuanto a literatura o simplemente la miran desde la costa con un miedo terrible a ahogarse; mojan las patitas primero en un lado, luego en otro. Nunca se zambullen. Más de medio cuerpo en aguas literarias significa un naufragio, muerte segura, ahogo, y abandono del título. Es muy probable que estos lectores no encuentren ni una o dos de las intertextualidades que menciona el autor, y no tengan la más remota idea de imágenes, metáforas o símbolos. Para ellos el leer es tan solo viajar a mundos nuevos y vivir experiencias a través del lenguaje. Este tipo de lectores tilda a los títulos por si les gustaron o no, por las sensaciones que les dejan. Tienen que sentir todo lo que sucede como el sol veraniego, ya que estamos en temporada, en la piel. Tiene que picar, arder, quemar, dejar una marca colorada, permitir el cambio de piel, sufrir cuando se los toca, y disfrutar del bronceado, todo junto. Es imposible no apreciar a estos lectores, ellos sienten los que pocos sin necesidad de irse a lo frío y racional.

Y por último, el lector que todos queremos ser. Ese que es una mezcla de los dos. Poder vivir de la literatura sin tener que estar siempre atentos al pensamiento, la estética, los símbolos, las imágenes, o las metáforas. Sin llevar pesados bolsos con burguesías que sólo leen lo que les dice el folletín que lean o les sugieren las bibliotecarias o en las librerías. ¡No señores! No permitamos ser eso. Pero tampoco seamos aquel que vive temeroso de aguas, que no quiere mojarse la cara, las manos, los pies y el alma con un poema de Pizarnik o que teme leer un cuento de Fontanarosa porque en la literatura no se habla de fútbol. ¡Pura mierda señores! En la literatura se habla, se escucha, se toca, nos tocan y nos tocamos. En literatura se danza y se piensa que se danza, se muere y se vuelve a vivir, hay amores y desamores, risas y lágrimas, golpes bajos y caricias de flor. Está todo junto en el mismo paquete. En fin, la vida misma. 

sábado, 18 de mayo de 2013

Tiempo



Intentó aclarar la voz un par de veces, tomó un sorbo de agua y dejó el vaso sobre la mesa. Pero, no. Todavía sentía esa sensación. Una clase de vacío, alguna ausencia tal vez, o simplemente era el sabor amargo que todavía dibujaba su recuerdo. Estaba claro que hubiera preferido más. Más tiempo. Pero todo en esta vida está cronometrado, medido, tasado, pesado, en fin, en mayor o menor medida: cuantificado. El tiempo es el rey de esas mediciones. Es la profunda existencia humana tratando de controlar el algo que lo domina y lo supera. Tratando de maniatar a un dios y decirle de qué lado del  paraíso le corresponde estar, porque el resto ha sido conquistado por el hombre y para el hombre. Así es como se sentía. Dueño de la más pura y profunda impotencia de no poder detener tres agujas que señalan números organizados en un círculo. La manifestación del laberinto perfecto. Y él estaba en su centralidad tratando de imponer su voluntad de ser finito y lastimoso. Sabiendo que no lo lograría y sin decir aquellas palabras que tenía atragantadas desde hace ya muchos años, volvió a mirar al objeto y sintió como la arena del tiempo se le escabullía entre sus dedos, cerró los ojos y soltó de forma continua, por unos segundos un lento suspiro.    

domingo, 10 de marzo de 2013

Sobre la Lucidez



La lucidez es un don y es un castigo. Está todo en la palabra. Lucido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer el lucero del alba, la primera estrella, la ultima en apagarse. Lucido viene de Lucifer y Lucifer viene de Lux y de Fergus que quiere decir el que tiene luz, el que genera luz. El que trae la luz que permite la visión interior, el bien y el mal, todo junto; el placer y el dolor.

La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría es el placer de ser consciente de la propia lucidez. El silencio de la comprensión. El silencio del mero estar. En esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal. (A. Pizarnik)

Uno sabe pero se tiene que olvidar de que sabe. Esa es la manera de convivir con la lucidez. Pero la cosa se complica cuando uno se da cuenta de que no se puede olvidar. El despertar de la lucidez puede no suceder nunca, pero cuando llega, sí llega no hay modo de evitarlo. Y cuando llega, se queda para siempre. Ahí es cuando se percibe el absurdo, el sin sentido de la vida se percibe también de que no hay metas y no hay progreso. Se entiende, aunque no se lo quiere aceptar, que la vida nace con la muerte adosada, que la vida y la muerte no son consecutivas sino que son simultáneas e inseparables. Sí uno puede conservar la cordura y cumplir con normas y rutinas en las que no cree es porque la lucidez nos hace ver que la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia.

El lúcido puede seguir viviendo mientras conserve el instinto de la especie. El impulso vital. Es muy posible que con los años esa fuerza instintiva y oscura se pierda.  Es necesario entonces apelar a algo parecido a la fe.  Hay que inventarse un motivo o una meta, algo que nos permita reemplazar el instinto animal que se ha perdido por una voluntad fríamente racional. Pero esa voluntad es un motor muy difícil de mantener. De repente, sin un motivo se va, desaparece. Es entonces cuando se sigue o no se sigue, se puede o no se puede. Y si no se puede no hay culpa. No importa el amor de los otros o el amor que uno siente por ellos. Sí uno no sigue, todo sigue sin uno y todo sigue igual. Todo pasa, la ausencia pasa. Se conoce la muerte antes de morir. Es un final antiguo, rutinario y común. Es un final deseado que se espera sin temor porque uno lo ha vivido ya muchas veces. Todo da igual.       

Adolfo Aristarain



sábado, 22 de diciembre de 2012

Un mensaje al mar



Imaginemos ser un naufrago que está en una isla desierta y decide mandar un mensaje en una botella. ¿Cuántas cosas pasarían por nuestras cabezas, cuántas palabras buscarían ser dichas, cuántas otras morían en el intento?

Mandar un mensaje en una botella es más que mandar la dirección de tu isla pidiendo que te rescaten. Es mucho más. Son, o serian tus últimas palabras esas que alguien leerá.

Un mensaje en una botella es único para un naufrago, aunque su final sea generalmente infeliz, el mar lo recibe y sabe qué hacer con ese mensaje.

Así, hoy escribo un mensaje en una botella, y lo suelto al mar para que cuando lo leas sepas que también naufragué.

Dar tantas vueltas para decir que este mensaje es para muchos y para que muchos sepan lo que me pasa, y para los que quieran compartan lo que siento. No puedo agradecer uno por uno porque capaz que cometo el error fatal de no nombrarles, por eso decido ser general. Les agradezco mucho a los que me bancaron en miles de cosas, situaciones, reniegos, locuras, boludeces, caprichos, etc. A los que, aunque nunca los llamé, estuvieron firmes y dispuestos a darme una mano. También pido mil disculpas a los que no los pude acompañar en sus cosas por estar estudiando para un parcial, o un práctico, o un final o porque tenía clases o lo que fuere. Y quiero decirles que este logro, la finalización de mis estudios, es de todos ustedes y se los dedico desde el centro de mi corazón, y con el más profundo afecto y cariño que les tengo. Quiero que sepan que mas que alegría tengo la sensación de tranquilidad, de liberación. Llevar sobre mis hombros la carga de poder darles algo de lo mío que ustedes fueron acompañándome y gestando pesaba muchísimo. No les voy a mentir, este año me lo propuse como fecha límite, y no quería terminarlo sin darles este regalo. Porque por más que se considere que esto como un logro personal, yo no soy nada sin la gente que quiero y me quiere.

Por eso, finalmente, disfruten y festejen que esto que soy ahora, también es de ustedes. Me debo a ustedes, eternamente a ustedes.

PD: No se den por vencidos ni aun vencidos.

martes, 18 de diciembre de 2012

Miedosos, valientes y boludos



Cuando la realidad te es adversa y te moja la oreja diciéndote “¿a ver que tenes para decir?” ahí es cuando tenes que ser valiente. Porque el valeroso no es aquel que no tiene miedo, sino es aquel que conociendo el peligro de lo que conlleva su accionar de igual modo hace lo que tiene que hacer. En cambio el cobarde se retuerce en sí mismo y se queda congelado por su propio miedo. ¡Ojo! Tampoco es valiente el que va en moto, sin casco por una autopista en medio de la neblina a 120 diciendo “no tengo miedo”. Ese, ese es un boludo.