Por un momento imagínate que estás en tu casa al frente del televisor y de
repente una película termina aparecen los créditos, o apagas el televisor, o
cambias de canal. Cuando algo termina, no pasa nada. Es sólo el final. Nada
más, nada menos. ¿Un nuevo comienzo? ¿Quién sabe? Al final, no hay más que la
pantalla en negro, unas letras en blanco que te nombran el reparto, lentamente
se encienden las luces de la sala, la gente se empieza a levantar y se va. Unos
opinan de la película, otros piensan que van a hacer luego, otros no hablan
sólo se van. Así son los finales en la vida, como cuando termina una película
en el cine.
martes, 25 de febrero de 2014
viernes, 10 de enero de 2014
A los queridos lectores
Hoy me topé con un caso singular. En realidad no fue hoy,
fecha de publicación, pero juguemos con la imaginación así parezca un post más
espontaneo que un refrito de ideas encajonadas. La cuestión es que siempre se
dice que los “escritores” quieren ser leídos. Yo no me considero un escritor,
ni por mi blog ni por lo que alguno sepa que hago en mi tiempo libre. Es más he
debatido hasta el hartazgo con cuanta persona allegada a la literatura me crucé
tratando de definir en qué momento uno puede decir que es escritor. No sé
cuando es ese momento. Lo que sí sé es que antes de escribir hay que leer. Y de
lectores puedo hablar, porque sé que hay diferentes tipos de lectores.
Se puede empezar nombrando a esos que entienden de lo que
habla el escritor sin irse muy lejos de lo que pretende. Esos lectores avivados
y ansiosos. Son tipos con una visión crítica aguda. Tienen una etiqueta
burguesita de críticos de arte, y la llevan porque consumen literatura. Según
ellos, tienen la experiencia del lector, el juicio crítico realzado y sobre
todas las cosas un “gusto” por la literatura formado. Buscan el fin estético
del lenguaje en su expresión como arte, y aunque hablen de estética y arte les
cuesta horrores sentir lo que se dice. Lamentablemente muchos de estos sujetos
no pueden escaparse de los clásicos. Tienen tanto peso en experiencias que no
saben dónde buscar nuevas sensaciones. Es por eso que tienen un lógico desdén
por lo nuevo, o lo producido por un autor amateur poco conocido o en algunos
casos los llaman menores. Sin embargo los aprecio mucho, por su juicio crítico
de lupa y escritorio.
En otra rama, están los lectores menos agraciados. Esos
que tienen poca experiencia leyendo cosas, esos que navegan en aguas poco
profundas en cuanto a literatura o simplemente la miran desde la costa con un
miedo terrible a ahogarse; mojan las patitas primero en un lado, luego en otro.
Nunca se zambullen. Más de medio cuerpo en aguas literarias significa un
naufragio, muerte segura, ahogo, y abandono del título. Es muy probable que
estos lectores no encuentren ni una o dos de las intertextualidades que
menciona el autor, y no tengan la más remota idea de imágenes, metáforas o
símbolos. Para ellos el leer es tan solo viajar a mundos nuevos y vivir experiencias
a través del lenguaje. Este tipo de lectores tilda a los títulos por si les
gustaron o no, por las sensaciones que les dejan. Tienen que sentir todo lo que
sucede como el sol veraniego, ya que estamos en temporada, en la piel. Tiene
que picar, arder, quemar, dejar una marca colorada, permitir el cambio de piel,
sufrir cuando se los toca, y disfrutar del bronceado, todo junto. Es imposible
no apreciar a estos lectores, ellos sienten los que pocos sin necesidad de irse
a lo frío y racional.
Y por último, el lector
que todos queremos ser. Ese que es una mezcla de los dos. Poder vivir de la
literatura sin tener que estar siempre atentos al pensamiento, la estética, los
símbolos, las imágenes, o las metáforas. Sin llevar pesados bolsos con
burguesías que sólo leen lo que les dice el folletín que lean o les sugieren
las bibliotecarias o en las librerías. ¡No señores! No permitamos ser eso. Pero
tampoco seamos aquel que vive temeroso de aguas, que no quiere mojarse la cara,
las manos, los pies y el alma con un poema de Pizarnik o que teme leer un
cuento de Fontanarosa porque en la literatura no se habla de fútbol. ¡Pura
mierda señores! En la literatura se habla, se escucha, se toca, nos tocan y nos
tocamos. En literatura se danza y se piensa que se danza, se muere y se vuelve
a vivir, hay amores y desamores, risas y lágrimas, golpes bajos y caricias de
flor. Está todo junto en el mismo paquete. En fin, la vida misma.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Un bache cualquiera
Esta es la historia de un bache de la calle 25 de Mayo de
una ciudad cualquiera en un país cualquiera en donde cualquier lugar tiene su
calle 25 de Mayo. Este bache estaba en su lugar de origen impidiendo el buen transitar todas las mañanas en horario
pico. Le encantaban las tardes de lluvia en donde se sentía divertido y alegre
al ver pasar las jovencitas en sus uniformes impecables y al menor descuido, si
previo aviso, salpicarlas con barro. Reía a carcajadas con su juego. Todos los días
de su vida se divertía molestando a las personas hasta que los encargados del
mantenimiento de las calles decidieron ponerle fin al asunto. Lo taparon con una
gruesa capa de arena y luego el espeso alquitrán. Así, el transito funcionaba
con normalidad y las jovencitas no volverían a ser mojadas; y la calle 25 de
Mayo de una ciudad cualquiera en un país cualquiera en donde cualquier lugar
tiene su calle 25 de Mayo, pasó a ser una calle cualquiera, sin un bache
cualquiera.
martes, 15 de octubre de 2013
A veces
A veces me pregunto quién me
acompaña, quien está conmigo en este manicomio, con quien comparto la sala de
estar, los pasillos y el patio de juegos. A veces creo que lo único que nos diferencia
son nuestras ropas. Con o sin bata blanca, con camisa de fuerza o sin ella, de traje
y corbata o con mameluco. Son formas que utilizan para decirnos de cual lado de
la reja estamos. Adentro o afuera. No quiero estar adentro, pero le temo a la
libertada domesticada de los que están afuera. Sin embargo, a veces me pregunto
“¿qué se siente no estar solo?” ¡Ojo! Tampoco quiero estar acompañado, para
sentirme solo entre todos. No quiero ser ni abeja, ni hormiga, ni mono, quiero
ser un hombre que está al lado de hombres. A veces, no sé, me da por
preguntarme. A veces no quiero la respuesta. A veces miro para ver quién me
acompaña, quien está conmigo en este manicomio. A veces cierro los ojos, porque
no soporto ver tanta soledad entre tantos cuerpos. A veces, sólo a veces.
viernes, 30 de agosto de 2013
Musa Rea
No tengo el berretín de ser un bardo,
chamuyador letrao, ni de spamento.
Yo escribo humildemente lo que siento
y pa' escribir mejor, ¡lo hago en lunfardo!...
Yo no le canto al perfumado nardo
ni al constelao azul del firmamento.
Yo busco en el suburbio sentimiento...
¡Pa' cantarle a una flor... le canto al cardo!...
Y porque embroco la emoción que emana
del suburbio tristón, de la bacana,
del tango candombero y cadencioso,
surge a torrentes mi mistonga musa:
¡es que yo tengo un alma rantifusa
bajo esta pinta de bacán lustroso!
¡Sublime!
chamuyador letrao, ni de spamento.
Yo escribo humildemente lo que siento
y pa' escribir mejor, ¡lo hago en lunfardo!...
Yo no le canto al perfumado nardo
ni al constelao azul del firmamento.
Yo busco en el suburbio sentimiento...
¡Pa' cantarle a una flor... le canto al cardo!...
Y porque embroco la emoción que emana
del suburbio tristón, de la bacana,
del tango candombero y cadencioso,
surge a torrentes mi mistonga musa:
¡es que yo tengo un alma rantifusa
bajo esta pinta de bacán lustroso!
¡Sublime!
viernes, 19 de julio de 2013
Fragmentos
Una noche se despertó
con hambre de literatura. Nunca esperó que ese deseo incontrolable, únicamente
comparable con la necesidad que tiene un ahogado de oxigeno o una manta para un
esquimal, le robara la vida. Comenzó por
una novelita corta de Kafka y luego siguió con otros escritores argentinos y
entre mezclando relatos, cuentos, novelas, poesía y nuevamente relatos, o algún
cuento, novela o poesía. No lograba detenerse. Recorría una y otra vez las
ruinas circulares que Borges describía tan hábilmente. Buscaba con más hambre
que nunca las vidas imaginarias, como las de Schwob, descriptas por un temeroso
corazón delator recorriendo caminos salvajes como si siguiese los consejos de
un beatnic. Vivió entrecruzando realidades como le habría ocurrido al idiota
del sonido y la furia, viajando entre Hemingway y Cortázar o tal vez algún post
moderno de la época que aun no lograba comprender con claridad; aunque, lo
lograría muchos años después, como es mencionado repetidamente durante los
entrañables años de soledad durante el viaje al centro de la tierra para
encontrar la semilla. Aquella semilla que no era otra cosa más que un incendio
indecoroso de historias ajenas y saberes y preguntas y respuestas y sensaciones
y sentimientos y generaciones sucumbiendo en locuras. En un pingpong de
realidades, de cristales fragmentados de fotografías veladas y noches blancas o
de insomnio, lo mismo daba. Todo formaba parte de la misma mezcla bizarra, de
esa cocatriz, que le pedía por favor que
apretase el gatillo para fusilar al mundo, para enajenar los retorcidos seres
que ya no serian ahuyentados por espantapájaros visionarios, o por cruzados
como Ivanhoe o un tal Quijote. Todo fue sucediendo, hasta el punto de no poder
ver nada o mejor dicho todo, a través de los ojos de la literatura. Ciego de un
mundo y clarividente en verdades que no merecían ser contadas; aunque hay cosas
que deben ser contadas de este modo, con fragmentos, estando activo en la
lucidez propicia aportada por la inactividad al quedarse dormido y dejando caer
el último libro que leería sin saber su final: una novelita corta de Kafka.
martes, 9 de julio de 2013
Me gusta cuando estudias
“Hay
algo en el extravío de tu mirada de intelectual ansiosa que me atrae, como la heladera
animal del mercadito san Lorenzo, mientras lees un libro de Horacio Gonzales con
interés manifiesto en ese lapicito que cada tanto “tic” subraya una palabra o
encierra un párrafo con una llave y distraídamente se desplaza del papel hacia
tu cuerpo. Primero desenreda un mechón de pelo, después como si quisieras grabar un tatuaje que dijera,
eso espero, te quiero, se dirige hacia tu pecho y se entretiene en una caricia
inconsciente hasta que el intérprete argentino de Sartre se queda
imprevistamente solo. El presidente que solía escucharlo firma ahora mismo un
tratado de paz con Joaquín Morales Sola y tu lápiz dibuja en medio de tus tetas
un corazón que en su centro tiene mi nombre.”
Martin Prieto – Me gusta cuando
estudias (fragmento).
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